Los juegos de la renta

Por: Mairyn Arteaga Díaz – Arte:

La cronista y su pareja llegan de Cuba a Chile y en menos de una semana tienen que encontrar dónde vivir. Los alquileres son inaccesibles y los requisitos, más. Los dueños se ponen duros con los extranjeros. Las opciones se reducen, se eliminan entre sí hasta que quede en pie la menos mala, como en las sagas de películas de supervivencia. (*)

Despierto y de un tirón me siento en la cama, mi segundo reflejo desde hace tres días es mirar el teléfono a ver si encuentro algún mensaje que me devuelva la calma. Aunque sea por unos minutos. Son las 8:39 del domingo 19 de marzo y sí, hay un nuevo mensaje, pero lejos de calma me produce un sentimiento entre la vergüenza y la rabia:

“Un motel te sale económico”.

Hace cuatro días que aterricé en Chile junto a mi esposo. Venimos de Cuba. Es la primera vez que salimos de la Isla y tratamos de reacomodar la vida en esta tierra en la que para nosotros casi todo es nuevo: el paisaje, el clima, el hemisferio, los modos de ser. Estamos en Concepción, ciudad a 500 kilómetros de Santiago, la capital, y por ahora tenemos cobijo en la casa de una amiga.

A Liany la conocemos de Santa Clara, el lugar en Cuba donde tenemos nuestra casa. Renta este sitio junto a otras dos muchachas y, como yo, vino a hacer el doctorado en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Concepción. Habitamos su habitación desde la madrugada del jueves, pero debemos encontrar sitio propio en los próximos tres o cuatro días.

Desde que supimos que vendríamos y empezamos a preocuparnos por dónde guardar las pertenencias y el cuerpo, una certeza nos ha acompañado: rentar se ha puesto difícil después de la pandemia, y muy caro. La certeza se está haciendo patente, pero en este punto solo queda insistir.

Antes de acostarme, lo último que hago es enviar, por enésima vez, el mensaje que me construí para romper el hielo con los anunciantes de arriendo. Esta vez al contacto más reciente que encontré en Yapo.cl, el sitio donde uno localiza promociones de casi todo lo que está buscando en Chile: alquiler o compras de inmuebles, ventas de objetos varios, ofertas de empleos, ropa y etcétera. 

Son las 00:58 pero me permito escribir a esta hora porque asumo que mi situación es extrema: si para el lunes no hemos encontrado otra opción, aceptaremos el primer cuarto que visitamos el sábado. 

Es en una casa con ángel, de familia, espaciosa y con mucha luz, pero a mí no me ha dado buena espina su ubicación. En unos días me daré cuenta de que fue mala predisposición, o tal vez hambre, lo que me provocó este vacío en el estómago que confundí con un mal presagio.

Me tiendo en la cama que Liany nos ha cedido para esta primera estancia. Miro el falso techo de tablillas blancas que cae en diagonal sobre la pared de enfrente. 

La siento viva, muy suya, y pienso que, con suerte, yo podría tener en Chile un espacio que se parezca a mí. 

***

Al mediodía del jueves 16 caminamos con Julio por la calle San Martín, en el centro de Concepción. Recién salíamos de la universidad y conversábamos de lo que nos obsesiona en estos días: tener un lugar fijo para que la estabilidad en otros aspectos comenzara a llegar.

Julio también viene de Cuba, es su segunda vez en el juego de las rentas en Concepción y ahora está más avanzado: a punto de firmar un contrato con una corredora. Nos pasó algunos datos de arriendos que vio pero no le sirvieron porque esta vez lo acompañan su esposa y su hijo. Para tres personas ya se complica más lo que siempre es complicado. Nos comentó que el cuarto donde vivió, durante los casi cuatro meses que estuvo el año pasado, está disponible.

 — Pero esa, como última opción. Porque el dueño es muy bueno pero la pieza es infame.

La primera vez que Julio llegó, en mayo de 2022, demoró quince días para encontrar sitio. Unos amigos lo recibieron y, aunque le dijeron que no se apresurara, él igual sentía que debía independizarse lo antes posible. Entonces, todavía la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) no había comenzado a pagarle la beca que le había adjudicado unos meses antes. Además, estaba en los trámites para obtener la cédula. 

Para rentar una pieza, departamento o casa en Chile, con precios que van desde las 135 a 200 lucas para las piezas, y hasta unas 500 en departamentos económicos –una luca, actualmente, equivale a un dólar y veintiséis centavos aproximadamente–, las condiciones de los dueños pueden variar, pero hay algunas que se repiten. La mayoría te exige acreditar renta, o sea, comprobar el nivel de ingresos que te respalde como inquilino; un requisito muy común es que demuestres que triplican el precio de la renta, un estándar que incluso a un nacional le cuesta cumplir. Algunos te pueden pedir certificado de afiliación a una Administradora de Fondos de Pensiones (AFP), certificado del Directorio de Información Comercial (DICOM) con tus antecedentes financieros, certificado de antecedentes penales. Y luego están las particularidades de los que alquilan solo a hombres, solo a mujeres, solo a estudiantes, los que limitan incluso la edad: no mayores de 20 o 25 años, los que no permiten visitas, los que no admiten mascotas, no matrimonios, no, no, no.

La pieza que Julio rentó en el barrio Collao, un asentamiento residencial periférico al centro de la ciudad, le costaba 130 lucas mensuales.

—Encontré a este otro señor que había construido él mismo varios cuartos en el patio de su casa. El que quedaba desocupado no tenía ni piso. El techo se mojaba, tenía goteras por varios lugares. Había un baño para dos y la cocina la compartíamos entre cuatro. 

Julio terminó de acondicionar el espacio con el dueño. Echaron el piso, aunque al otro día se le cayeron las losas. Porque el dueño pensaba que sabía de albañilería y Julio de ayudante tampoco sabía nada y lo hicieron así “como Dios pintó a Perico”, como se dice en Cuba.

A la capital del Biobío sus habitantes le llaman Tropiconce, porque las lluvias aparecen en cualquier momento. En invierno son persistentes y performáticas: dicen que puede llover desde todas las direcciones. 

—El techo siempre se siguió mojando, le tuve que poner hasta una canal por dentro porque las canales por fuera no resolvían y bueno, me adapté a tener mis cajas plásticas y mis cubos para ponerlos cuando empezara a llover.

Julio pasó en esa pieza su primer invierno completo. Como no podía tener estufa eléctrica porque no lo permiten los dueños —previendo un alza en la cuenta de la electricidad—, como una de gas le daba miedo y como ahorraba al extremo, el frío alguna vez le hizo sangrar las manos y los labios. Debajo de un plumón y de dos colchas, vestido con camisa, pantalón y abrigo más dos pares de medias, se demoraba en calentarse por la noche.

***

Uno de los anuncios que vi en Yapo era de una pieza dentro de una casa en el sector Lorenzo Arenas, que para mí era como cualquier otro nombre porque de Concepción solo había visto el centro y el barrio Los Lirios, adonde habíamos llegado con Liany. Con el dueño quedamos en que su hermana nos la mostraría el sábado 18.

Así que a las tres de la tarde en punto yo tocaba el timbre parada frente a una casa en un barrio que me pareció desierto y al que había llegado luego de pasar por asentamientos que me parecieron como campamentos o sitios de pandilla. 

Las casas de madera en bastante mal estado, amontonadas unas sobre otras, o eso me pareció; basura acumulada alrededor de los postes de la luz. La imagen de Latinoamérica que no nos gusta: drogas, violencia… Quizás había visto demasiadas películas.  

De un lado de la acera esta imagen, las favelas de Concepción, como meses después me dirá alguien; del otro lado, el barrio perfectamente dispuesto con chalecitos variopintos de jardines al frente y chimeneas que en los meses de invierno estarán casi siempre activas.

Casi tenía decidido que entraría y diría que no, pero, como tampoco estaba en posición de elegir, dije que lo pensaría y el lunes daría una respuesta.

La hermana de Alfredo, el dueño, nos abrió y nos mostró la habitación, nos dio un recorrido por la casa. Nos dijo que ella vivía detrás, que hace no mucho tiempo había acompañado a sus padres hasta que se fueron. Que otra pieza la rentaba un muchacho que trabajaba y estudiaba, estaba poco. Que Alfredo también viajaba los fines de semana y que nosotros, a fin de cuentas, seríamos como los dueños de la casa.

Había escrito unos veinte mensajes, había hecho una decena de llamadas. Cuando algo parecía alinearse, ante la confirmación de que no éramos chilenos, de que éramos dos o yo era mujer o Ale era hombre, cambiaban los tonos de voz, colgaban los teléfonos, llegaba el titubeo: ehh… sí, pero ya se ocupó.

La hermana de Alfredo no se extrañó cuando dijimos que éramos cubanos, no hubo muecas cuando vio que éramos dos. Todo parecía perfecto. Y por eso no acababa de encajar. Por eso, quería seguir mirando. Un poco más, solo un poco más.

***

El lunes a la mañana, antes de confirmarle a Alfredo, vamos a ver la última pieza que, por fin, hace que me convenza y acepte el barrio de Lorenzo Arenas. Como si, en este juego a veces macabro, uno no tuviera que elegir sino observar cómo las opciones desaparecen, se anulan entre sí, hasta que la ganadora quede por decantación.

El dueño aquí es un señor con el que Ale habló antes por teléfono y que nos espera en el parqueo del mercado Santa Isabel. Está relativamente cerca de la casa de Liany y a mí me consuela la idea de tener conocidos cerca. 

El señor viste una camisa rosa y lleva un portafolio cruzado en el torso. Nos dirige por entre un puesto de frutas y flores mientras confirma que somos cubanos y nos cuenta que en todo caso hará una excepción porque no quiere arrendar a inmigrantes.

—Hace poco tuve que sacar a unos venezolanos, porque no limpiaban y tuvieron problemas hasta con los vecinos. No es por discriminar, pero…

La casa, según él, estaba impecable, incluso le había preguntado a Ale si su esposa —o sea yo—  era limpia, porque esto era algo que él exigía. Más allá del sesgo de género, cuando entro al lugar, pienso que yo podría tener mal algunos conceptos, empezando por el de impecable.

A la tarde, cuando telefoneo a Alfredo para confirmarle — hasta ese momento solo nos hemos escrito mensajes—, me hace la pregunta de rigor:

—Ese acento que tú tienes, ¿de dónde es?

—De Cuba. Y por un instante pienso que he vuelto al punto cero.

Del otro lado de la línea Alfredo piensa que no somos ni venezolanos ni colombianos — y en estos días la propaganda que les llega a los chilenos contra estos inmigrantes es feroz—, piensa que estamos muy lejos de Cuba como para ser cubanos y piensa que, si los cubanos se van a Miami, por qué nosotros estamos en Chile. También, fugazmente, recuerda a un amigo cubano al que todavía siente que en su tiempo debió ayudar más. Y, finalmente, piensa que a nosotros debe darnos una manito.

***

Ahora escribo desde la casa a la que llegamos el martes 21 de marzo a las cuatro de la tarde. En nuestro cuarto, pusimos en el librero los pocos ejemplares que hicieron el viaje conmigo. Colgamos el cuadro que me pintara una amiga-hermana a partir de una foto de nuestras perras: Nala y Lluvia. La una que ya no está, la otra que espera en Cuba. Fijamos una bandera cubana en una pared, como quien marca el territorio recién encontrado. Y andamos en aquello de hacer que se nos parezca.

Hace poco, conversando con Liany, intercambiamos nuestras experiencias en esto de los arriendos. Me dijo que ella no piensa en eso pero que siempre está la incertidumbre de que haya que irse del alquiler y tengas que empezar todo de nuevo. En broma me dijo que, si ahora mismo le anuncian que tiene que dejar su casa, su cri de guerre sería:

— ¡América, de aquí no me voy!

América es el nombre de su casera. Pero yo pienso que esa expresión suya tiene mucho de metáfora.

 

*Todos los nombres en esta crónica son reales, excepto el de Julio, que ha sido cambiado cumpliendo con su voluntad.

Diciembre 2021

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