La rebelión de las enfermeras

Por: Oscar Bermeo Ocaña – Arte: Daiana Silva

El reclamo por el reconocimiento profesional de la enfermería –esto implica, por ejemplo, acceder al escalafón salarial más alto– en la provincia de Santa Fe tiene dos particularidades: la fuerte movilización callejera y el protagonismo de migrantes peruanas. Dos de ellas, Lucila y Marleni, protagonizan esta crónica. Son hermanas,  compañeras de lucha y referentas de las enfermeras rosarinas. 

2021-12 de mayo. Día Internacional de la Enfermería. Cientos de manifestantes con batas blancas rodean la gobernación de Santa Fe. La temperatura supera los 17 grados pero nadie se desabriga. Que la alta humedad hace que se sienta más el frío es algo que Lucila Monzón desconocía cuando vivía en su Cusco natal. Es la primera vez que marcha sin Marleni, su hermana y colega fallecida hace seis meses, cuando trabajaba en un hospital rosarino. Marleni estuvo internada cuatro semanas luchando contra la COVID-19. Fueron días difíciles, a Lucila le hubiese gustado poder acompañarla más de lo que le permitieron las restricciones impuestas. Era un momento crítico, todavía era incierta la llegada de vacunas.  

A Lucila no le sorprende el nuevo desplante del gobernador Omar Perotti. Pese a que el colectivo de enfermerxs había solicitado la audiencia con anticipación, al llegar a la sede del gobierno un emisario comunica que no habrá cita. Las voces que reclaman el reconocimiento profesional rebotan en los muros del centenario edificio. Los gritos se elevan cuando se les pide a lxs manifestantes retirar los carteles con los rostros de lxs compañerxs fallecidxs durante el primer año de pandemia. 

“Marleni tenía su carrera en Perú, quizás no tuvo por qué haber venido”, piensa Lucila. En una de las pancartas, observa la foto de su también compañera de lucha.

 

Cusco-Rosario

Lucila y Luz llegaron primero. En 1986, las dos hermanas mayores de Marleni tomaron un bus desde Cusco hacia Buenos Aires. Además de su familia, Lucila dejaba atrás un año de estudios en Agronomía, que apareció como una segunda opción después de que en el examen de admisión –el filtro que las universidades públicas peruanas establecen para ingresar– no obtuvo el cupo en la demandada facultad de Medicina de la San Antonio de Abad. Probó, pero no hubo caso.

Atraídas por la promesa del ingreso directo a las universidades, las hermanas enrumbaron hacia la Argentina. La travesía terrestre supuso dos días, suficiente tiempo para escuchar a otros pasajeros, migrantes más duchos, y reformular planes. Arriba del bus una sugerencia cobró fuerza.

—Hay una ciudad más tranquila. ¿Por qué no prueban en Rosario?

Les pareció bien, pero tenían miedo de que las cartas de referencia que traían no les sirvieran en esa localidad. Esos documentos eran requisitos para emigrar; no existía el Acuerdo del Mercosur, firmado en 1991, ni convenios bilaterales que facilitaran la movilidad. Lucila y Luz salieron del Perú con dos sobres. Uno lo dejaron en la frontera y el segundo debía ir a la oficina de Migraciones. “Antes era más complicado salir”, recuerda ahora Lucila. En ese momento, la prioridad de las hermanas era estudiar. Sus padres las iban a apoyar enviando dinero desde Cusco. 

Marleni pisó Rosario ya entrados los 90, recién casada y con una bebé de ocho meses. En Cusco había cursado los tres años de una carrera técnica de Enfermería y tenía un puesto en el Seguro Social. Sin embargo, el entorno no era el mejor. Su familia, de activa militancia política, recibía amenazas de sectores afines al entrante régimen fujimorista. El hostigamiento la empujó a salir. Como tenía a sus hermanas ya afincadas, la ciudad santafesina fue su primera opción.

Luz llegó a Rosario y también optó por cursar la licenciatura de Enfermería. Al recibirse, trabajó en algunos hospitales, pero buena parte de su carrera la dedicó a la atención de los adultos mayores en geriátricos. Pese a trabajar en el sector privado, acompaña la lucha sindical de sus hermanas. 

Quizás las tres encontraron su vocación de servicio en la adolescencia, cuando acompañaban a sus padres a la periferia rural de Cusco. En esas visitas a las comunidades llevaban donaciones de ropa, medicamentos e incluso alguna vez promovieron una campaña de vacunación contra el sarampión. 

 

Lucila

Ya en Rosario, cada mes Lucila iba al correo para retirar el dinero que le enviaba su familia. Una mañana se topó con la puerta de la oficina cerrada. Se había declarado una huelga de empleados por tiempo indefinido. Lo que al principio parecía ser un percance de días, se extendió por semanas y llegó a los dos meses.  

Tuvo que ajustar las comidas y el pago del alquiler amenazaba con llevarse los ahorros. Una tarde, mientras buscaba soluciones, le comentó a una compañera de la Escuela de Enfermería de la Universidad Nacional de Rosario que en su vida anterior, en Perú, había hecho un curso corto, de un año, que la validaba como auxiliar. “Con ese certificado, acá podés laburar”, le reveló la amiga.

Entonces, Lucila empezó a hacer algunos reemplazos en sanatorios los fines de semana, mientras que de lunes a viernes cursaba en la universidad. Y mantendría ese ritmo hasta graduarse.

Solía recibir y orientar a estudiantes que visitaban el centro de salud donde trabajaba. Una de las profesoras vio la relación que tenía con ellos y la invitó a trabajar en la docencia como asistente a. Ese sería el primer eslabón de una cadena que la llevaría a convertirse, en 2018, en directora de la escuela de Enfermería donde se formó.  

 

Marleni

Gracias a su título técnico y su experiencia en Cusco, Marleni consiguió trabajo como enfermera al poco tiempo de llegar a Rosario. Pero, como quería seguir formándose, a la crianza de su pequeña hija y los turnos de trabajo les sumó horas de estudios. Primero se licenció en Enfermería y luego se anotó en la facultad de Derecho. 

También con las leyes podía ayudar a la gente. En Perú había cursado hasta el cuarto año de abogacía, pero eso significaba poco en su nueva tierra. La Constitución era otra, y otro era el Código Civil. Había que recursar pero el reseteo no la amilanó. “Siempre fue de ir al frente”, recuerda Lucila. 

En 2018, cuando el reclamo por el reconocimiento profesional cobró fuerza entre lxs enfermerxs, Marleni asumió el soporte legal de la campaña. La consigna del colectivo fue terminar con el histórico trato diferenciado hacia su trabajo: dentro del sistema salarial santafesino, la enfermería no está considerada en el primer escalafón de la salud, que incluye médicxs, psicólogxs, farmacéuticxs, bioquímicxs, veterinarixs. A pesar de que existe una ley de reconocimiento profesional firmada –en su último día de funciones, en diciembre de 2019– por el ex gobernador Miguel Lifschitz, la actual gestión provincial nunca la implementó. 

En el fragor de la campaña, cuando entre lxs compañerxs aparecía una inquietud, era Marleni quien traducía lo que decían las normas. O volcaba al léxico legal las propuestas e ideas soltadas en las encendidas discusiones. 

Su disciplina era tal, que podía llevarla a chocar con aliados de lucha. Alejandro Cacho Parlante, delegado del personal administrativo del Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (HECA), recuerda que las únicas divergencias que tuvieron en más de veinte años de convivencia laboral se dieron en las reuniones sindicales. Sus impetuosas sugerencias, como viejo militante de izquierda, encontraban un límite en las observaciones legales de Marleni. 

Lxs enfermerxs podían acudir a un abogado externo, pero no hubiera sido lo mismo. “Es distinto tener a alguien que conoce el día a día de nuestro trabajo. Fue duro perderla”, remarca Yolanda Senisse, una de las colegas peruanas que trabajó por más de veinte años en el HECA.

 

“Vení, peruanita”

El día a día en el Álvarez es frenético. Es uno de los dos hospitales municipales de alta complejidad en una ciudad que sobrepasa el millón de habitantes. Más de una vez, a lxs enfermerxs de guardia les toca recibir a las dos partes de una balacera o de un accidente de tránsito. O a policías y ladrones al mismo tiempo. Cuando se trata de salvar la vida no hay distinciones. “No somos Dios para juzgar”, afirma Yolanda. 

En tiempos de pandemia bajó la criminalidad, pero el flujo de paciente no disminuyó porque hubo que atender  los cuadros graves de COVID. Yolanda dice que la peor parte llegó cuando los pacientes empezaron a ser las mismxs compañerxs, como Marleni: “Verlxs en ese estado fue terrible”. 

Se requieren muchas manos para contener la demanda. Alrededor de 400 profesionales de Enfermería se reparten por los dos extensos pisos. Yolanda no se anima a dar el número exacto de migrantes, pero dice que en todas las áreas se encuentran trabajadorxs nacidxs en otro país. Y la convivencia no está exenta de fricciones. 

“Eh paragua…”, “Vení, peruanita”, “Ese colombiano narcotraficante…”, son expresiones que ha escuchado más de una vez en su trabajo. Por su carácter y los treinta y tres años que lleva en la Argentina, ya nadie se mete con ella. “Algunos piensan que soy de acá”, comenta la mujer oriunda de Chiclayo. Muchas veces, lxs nuevxs son lxs que se encuentran más expuestxs.  

En los últimos meses, el área de Ética y Transparencia del hospital ha tenido que resolver denuncias de xenofobia. Mientras dura la investigación, se remueve a lxs denunciadxs a un sector diferente al de su trabajo habitual, y en algunos casos la sentencia implica días de suspensión. 

Meses atrás, Yolanda fue elegida por sus compañerxs como delegada. Cada tanto, el director la llama para saber su opinión sobre las decisiones del tribunal ético. Ella considera que las sanciones son pasos necesarios para deconstruirse. “Claro que hay a quienes les cuesta más”, dice. Por eso, algunas veces le sugiere al director que sería mejor juntar a las partes y provocar una conversación que derive en unas disculpas sinceras.

Luchar no cuesta nada 

Lucila y Yolanda recuerdan con emoción la primera vez que marcharon como colectivo por el reconocimiento profesional. Coinciden en que el 21 de noviembre del 2018 fue un hito, aunque no coinciden con el número de gente reunida (fluctúan entre las 5 y las 10 mil personas). En los días previos, Yolanda creía que la policía iba a reprimir.

Muchxs de lxs enfermerxs nunca habían salido a protestar a la calle. Desconocían también la organización que hay detrás de toda movilización. Les dijeron que en la primera línea debían tener una barredora, es decir una bandera que cubriría el ancho de la calle, que sería llevada por lxs organizadorxs. 

Ese día, en algunos momentos del trayecto rumbo al Monumento a la Bandera, Lucila, Marleni y Yolanda fueron parte de esa línea que llevaba la barredora. Ellas habían participado en la gestación del grupo. Mientras tanto, en el hospital Carrasco, Nidia, la hermana menor de Yolanda, fue una de las que agitó el tema entre sus compañerxs enfermerxs.  

Para Nidia el reconocimiento profesional no representaría sólo un mayor ingreso. Significaría pasar mayor tiempo con su pequeña hija, ya que no tendría que hacer dobles turnos (12 horas diarias) para cubrir los gastos del mes. 

Es la única que se atreve a una hipótesis sobre por qué tantas peruanas tienen lugares protagónicos en esta lucha: “El migrante no se conforma con la realidad que tiene en su país y salta, arriesga sin saber qué va pasar. Entonces, puede que en esta lucha nos vaya mal, pero saltar nuevamente no nos cuesta nada”. 

 

Después de la pandemia

Lucila reconoce que al colectivo de enfermerxs le costó recobrar fuerzas después de atravesar la pandemia. Sostuvo algunas movilizaciones en fechas simbólicas, pero en estos últimos dos años también hubo reuniones con diputados para preguntar por qué no se implementa la ley del reconocimiento profesional. No hubo respuestas.

En la lucha, lxs enfermerxs incorporaron la perspectiva de género. Al darse cuenta de que las mujeres son el 80% del cuerpo de Enfermería en Santa Fe, entendieron que existe una violencia direccionada. Violencia que se extiende a las jóvenes alumnas de Lucila en la escuela. En ellas –varias también son migrantes– identifica sueños y expectativas conocidas. 

Hoy, el reconocimiento profesional de estxs trabajadorxs de la salud no aparece en la agenda de los políticos locales. Nadie lxs nombra en la campaña electoral. Lucila dice que no claudicarán. Se lo deben a lxs que ya no están, a Marleni y a las que vendrán.

El siguiente artículo contiene opiniones y puntos de vista que son expresados por el autor y no necesariamente reflejan la posición oficial de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Las opiniones expresadas son de naturaleza subjetiva y están destinadas a fomentar la discusión y el intercambio de ideas sobre diversos temas relacionados con la migración y la movilidad humana.
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La OIM está consagrada al principio de que la migración en forma ordenada y en condiciones humanas beneficia a los migrantes y a la sociedad. En su calidad de organismo intergubernamental, la OIM trabaja con sus asociados de la comunidad internacional para: ayudar a encarar los crecientes desafíos que plantea la gestión de la migración; fomentar la comprensión de las cuestiones migratorias; alentar el desarrollo social y económico a través de la migración; y velar por el respeto de la dignidad humana y el bienestar de los migrantes.”